Disociación y silencios compartidos
Hubo una época en la que trabajé en un piso con otras chicas.
Éramos tres compartiendo el espacio, cada una pagando su habitación. En teoría convivíamos, pero en realidad casi no nos veíamos.
Cada una tenía su ritmo, sus clientes, sus horarios. Las puertas se abrían y se cerraban. A veces pasaban días sin cruzar más que un saludo rápido en el pasillo.
El único lugar donde coincidíamos de verdad era la cocina.
Recuerdo especialmente a una chica con la que coincidía a veces allí. No hablábamos mucho, pero cuando coincidíamos se notaba algo muy humano: las ganas de hablar con alguien. Esa especie de hambre de conversación que aparece cuando pasas muchas horas trabajando con gente que en realidad no te conoce.
Pagábamos la habitación, trabajábamos y ya está. Yo, al terminar, me iba a mi casa todos los días. Pero mientras estuve allí vi pasar muchas chicas. Algunas duraban semanas. Otras menos. Con algunas nunca intercambié más que dos frases.
Con esta chica sí hablé un poco más.
Un día, en la cocina, me dijo algo que se me quedó grabado.
"Hay momentos en los que mi cuerpo sigue allí, pero mi mente no", me dijo. "Escucho la voz del cliente como si viniera desde otra habitación. Asiento, sonrío, respondo… pero una parte de mí está muy lejos".
Se quedó callada un momento, buscando las palabras.
"Luego hay huecos", continuó. "Pequeños espacios en blanco en la memoria. Como si alguien hubiera recortado fragmentos de la escena".
En ese momento yo no sabía muy bien cómo llamarlo. Solo sabía que entendía exactamente lo que quería decir.
Con el tiempo descubrí que eso tiene un nombre: disociación. No es magia ni locura. Es algo que sucede cuando la mente necesita protegerse. A veces el cerebro crea una pequeña distancia entre lo que pasa y lo que sentimos, como una forma de mantenerse a salvo.
Dicho así puede sonar alarmante, pero la disociación existe en muchas profesiones y situaciones. Personas que trabajan en urgencias médicas, policías, o gente que enfrenta tareas emocionalmente difíciles, a veces describen esa capacidad de "ponerse en modo automático".
El problema no es que ocurra alguna vez. El problema es cuando se vuelve la única forma de estar presente. Si necesitas desaparecer mentalmente todo el tiempo, quizá hay algo que tu mente está intentando decirte.
En el trabajo sexual hay muchos discursos sobre lo que es o no es el trabajo, sobre la libertad, sobre la moral, sobre la política. Pero hay muy pocas conversaciones sobre lo que pasa dentro de la cabeza de las personas que lo hacen.
Y sin embargo, esas conversaciones existen. Muchas veces ocurren en cocinas compartidas. Entre mujeres que apenas se conocen. Entre dos turnos. Entre puertas que se abren y se cierran.
A veces me pregunto hasta qué punto esas pequeñas ausencias nos afectan realmente. No creo que haya una respuesta única. Cada persona tiene su forma de vivir su trabajo y su forma de protegerse emocionalmente.
Pero sí creo que hablar de estas cosas es importante. No para culpar a nadie. No para asustar a los clientes que leen este blog. Sino porque detrás de cualquier trabajo donde el cuerpo y la emoción están implicados, también existe una vida mental que merece ser escuchada.
No es un recuerdo triste, sino como un recordatorio de que incluso en los trabajos más mecánicos o solitarios, nuestras mentes buscan maneras de cuidarse.
Aquella chica y yo solo coincidimos unas cuantas veces más en la cocina. Luego dejó de venir. Como muchas otras. Pero esa conversación se quedó conmigo. Y con el tiempo entendí que, a veces, lo más honesto que podemos hacer es simplemente reconocer lo que pasa dentro de nuestra cabeza.
Fernanda Souza 💋