08/03/2026
Si miramos la historia, es evidente que las mujeres han conseguido muchas cosas importantes. Hace no tanto tiempo, muchas no podían estudiar, ni votar, ni decidir sobre su propia vida. Sus opciones eran extremadamente limitadas: el matrimonio, la obediencia familiar y la dependencia económica eran la norma.
Muchas mujeres trabajaban en condiciones muy duras, y otras se veían obligadas a la prostitución simplemente para sobrevivir.
Con el tiempo, las cosas cambiaron. Las leyes permitieron el acceso a la educación y al voto, el trabajo remunerado dejó de ser exclusivo de los hombres, y las mujeres comenzaron a tener más autonomía sobre su cuerpo, su tiempo y sus decisiones.Hoy tenemos oportunidades que antes simplemente no existían, y esa es una conquista real.
Hay mujeres que encuentran sentido en una carrera profesional. Hay mujeres que encuentran sentido en su familia. Hay mujeres que quieren ambas cosas.
No creo que sea machista que una mujer quiera cuidar de su marido o de sus hijos. Para muchas personas la familia es el centro de la vida, y eso no debería verse como algo inferior.
También creo que el feminismo pierde el rumbo cuando se convierte en una guerra contra los hombres.
Un feminismo que solo se dedica a culpar o a demonizar a los hombres termina volviéndose algo enfermo. Hombres y mujeres no son enemigos. La vida real está hecha de relaciones, afecto, deseo, conflictos y cooperación entre ambos.
Muchas mujeres siguen siendo víctimas de violencia, explotación o desapariciones, ya sea por clientes, agencias, proxenetas o incluso por parejas.
No todas las historias de independencia se cumplen: todavía hay riesgos reales y dolorosos que la sociedad no suele reconocer.
Por eso, cuando llega el 8 de marzo, a veces pienso que la verdadera cuestión no es quién tiene razón en los debates ideológicos.
La verdadera cuestión es algo mucho más sencillo: que las mujeres tengan oportunidades reales y libertad para decidir su propia vida, sin que nadie les diga cuál debería ser su papel.